martes, 22 de septiembre de 2026

PRUEBA PRUEBA PRUEBA

Termino de leer su Trabajo Fin de Master dedicado a la noción de paisaje en la obra del escritor Francisco Cubría, disponible en UCrea, y la escribo dándole la enhorabuena y pidiéndole una entrevista. Ella acepta a vuelta de correo. Lo hace contenta, asegura. Se llama Montserrat Cubría Piris y es nieta del escritor, además de diseñadora de moda infantil, con veinte años de experiencia en Italia, e historiadora especialista en patrimonio industrial, ahora dedicada a la producción de audioguías culturales, la última la del Cementerio de Ciriego.

Es ella la que sugiere el lugar de quedada: donde la obra de Arancha Goyeneche, titulada Sticked painting. No es el sitio acostumbrado, yo suelo quedar donde las banderas, pero casi mejor. Tras confirmar, aprovecho el cruce de correos para preguntarle por el verbo cántabro esticar, "pegarse contra la pared", por ejemplo para dejar paso. Su abuelo coleccionaba palabras. Ella conserva sus notas. Me parece que esticar puede tener relación con el inglés to stick, "pegar", empleado en el título del cuadro de Arancha Goyeneche. Por eso lo pregunto. Pero no lo sabe y yo tampoco. Hay una serie de palabras cántabras que parecen hacer doblete en inglés, como carrambuela, "frambuesa", y cramberry, "arándano"; o ráspanu, "arándano", y raspberry, "frambuesa". No parecen responder a la misma lógica que los anglicismos portuarios, como pichi, "alquitrán", del inglés pitch, con el mismo significado; o güinchi, "grúa del puerto", de winch, "cabestrante". Para esticar podría pensarse en un sustrato prerromano paneuropeo. No sé en qué otras opciones. Es un tema que queda en el aire.

Pasan los días y llega el de nuestro encuentro, también llego yo al punto convenido y al verme ella se levanta para saludarme. De lo primero que hablamos es de la oportunidad de los bancos, aunque alguno esté demasiado pegado a las obras. Pasa con el cuadro de Juan Manuel Puente, que a ella le encanta, así que vamos a verlo. Pertenece a la serie "La tierra que pisamos" y es resultado de añadir capa sobre capa de óleo. Buscamos las cuchilladas reparadas y se asombra. No es para menos. No sabemos quién lo hizo ni por qué. Mantenemos una breve discusión sobre si restauraciones así es mejor dejarlas a la vista o no. Concluimos que deben ser perceptibles para que no haya confusión respecto a la obra original pero no quedar expuestas. En el caso de la obra de Juan Manuel la restauración nos parece acertada. Sin perder el hilo, nos encaminamos hacia el retrato del marqués que cuelga en el vestíbulo principal de las Tres Torres. Le cuento a Montserrat la peripecia que condujo a su rescate para la ciudadanía, de un despacho a este emplazamiento privilegiado del hospital, y le cuesta creerlo, pero es así como fue. Señala que el lienzo está destensado y que haría falta meter una cuña para que no se dañe. Es algo que se viene señalando repetidas veces. El centenario está cerca, hay que actuar, además de por otras consideraciones relacionadas con el cuidado de nuestro patrimonio. ¿Nuestro? Comentamos que el óleo lleva fecha de 1926 y que el hospital fue inaugurado el año 1929, de modo que cabría preguntarse quién fue el destinatario original. Recuerdo entonces que en las memorias de Gerardo de Alvear se indica que la marquesa le contrató para pintar el retrato, tarea que por cierto le llevó casi tres semanas, con destino para la por entonces Diputación Provincial de Santander, así que es lógico que esté aquí y también legal, parece. De hecho, en una foto de Araúna que cuelga de las paredes del pabellón16, se ve el antiguo anfiteatro, donde se impartían las sesiones generales, presidido por el retrato, que también aparece detrás de la mesa presidencial en fotos tomadas el día de la inauguración, acto al que el marqués no pudo asistir, al menos en persona, por encontrarse enfermo, y eso que se había hecho el esfuerzo de que coincidiera con el día de su 79 cumpleaños, el 24 de octubre. No en carne y hueso, pero sí al óleo, y su sobrina, la Marquesa de Pelayo, en representación de la familia.

Por cierto, es probable que el marqués se implicara en la construcción de la Casa de Salud Valdecilla gracias al Dr. Gregorio Marañón, de ascendencia santanderina. Su padre pertenecía al círculo de Menéndez Pelayo, Pereda y Galdós. El doctor escribió mucho sobre Cantabria. Destaca la atención que prestó a la figura del hombre-pez de Liérganes, y resulta que Montse es especialista en el tema. Según ella, el hombre-pez es una leyenda con asiento en la realidad. Hay un protagonista (Francisco de la Vega), un lugar (la ría de Bilbao), un momento concreto (la noche de San Juan del año 1674) y una peripecia, y sobre todo las ganas de contarlo. Ha sido así durante más de trescientos años porque cada vez ha sido útil por alguna razón. En la actualidad, como reclamo turístico. Las leyendas, en cuanto dejan de servir para algo, desaparecen. Pasa igual con la memoria. Si no se recuerda, si no hay razones para hacerlo, se olvida.

Prestamos atención a la placa metálica del escultor Carlos Ferreira que fue salvada, probablemente de ser achatarrada, de la antigua Residencia Cantabria. Se sacó de la pared, donde estaba empotrada, y se bajó con la idea de instalarla a la puerta de la biblioteca, pero pesaba demasiado así que se puso en el hall. Estéticamente no es el mejor sitio, porque distorsiona la percepción del espacio diáfano de la entrada, pero en la práctica es el único posible. Tenía una pátina preciosa pero al bajarse se pulió, equivocadamente, a nuestro modo de entender. Hay otra obra suya en la rotonda del IDIVAL y una más, aunque cercenada por la Ley de Memoria Histórica, en la residencia de estudiantes de la UIMP en Los Castros de Santander.

Salimos por el 2 de Noviembre y nos fijamos en los árboles dedicados de la entrada y a ella le recuerdan a dos que tiene en su casa: el árbol de Pablo y el de Lea, un avellano. A este periódicamente le atiza por el pie, dice, para que no se desmadre. A mí me recuerdan a los de mi casa familiar del pueblo, donde mi madre, a las visitas, lo primero que enseña son los árboles, algunos plantados, otros a los que se ha dejado crecer, traídas las semillas por el viento, o de frutas caídas. Mi hermano y yo tenemos un acebo escindido en dos grandes ramas, la de mi hermano doble porque él tiene una hija. Traigo a colación un artículo publicado en prensa por Francisco Cubría titulado "El roble y la palmera" en el que su abuelo, ante la inauguración de un jardín urbano en Santander al que se había bautizado con el pomposo nombre de "Versalles", dice que cuando la palmera deje su sito a un par de robles y a unas hayas "que se doren en el otoño con colores de caramelo", e incluso a un castaño "con sus borizos", "será cosa de ir pensando en sustituir el nombre de Versalles por otro más al pelo, más montañés y más apegado, en fin, a mi roble". Es bonita esa forma de cubrir necesidades o resolver problemas o desarrollar proyectos desde dentro, como pasa con VIRIDITAS, donde las personas entrevistadas son cántabras, porque entre nosotros nos podemos arreglar, o no hay razón para no hacerlo. La cita está tomada de un libro recopilatorio publicado por la Universidad de Cantabria el año 2016. Lo saco para leer el fragmento y ella suspira porque justo me lo traía de regalo envuelto en papel de periódico y atado con una delicada cinta color salmón.

Cabe preguntarse por la posible relación del cántabro llosa, el espacio cerrado situado a un lado de la casa, con acceso propio, generalmente destinado a frutales y como espacio experimental (es aquí donde creo que primero se recibió el maíz y se probó su viabilidad), con el jardín. La llosa está prácticamente desaparecida. Es muy difícil encontrar una. La llosa como jardín cántabro en potencia. Lo comento en relación con el riesgo que acarrea depender de fuera: que lo de dentro no se desarrolla lo suficiente. Para tomar hay que dar, y la colaboración, el intercambio es necesario, más en estos tiempos de oferta ilimitada, pero antes hay que tener algo que dar.

Seguimos nuestro camino. Pasamos por delante de la escultura Kinesis: Al progreso médico de Ramón Calderón pero no nos damos cuenta, o yo no lo hago, hasta que ya estamos tomando la curva que conduce a Urgencias, de camino a los jardines. Esa escultura se hizo para celebrar los 75 años del hospital, anuncia Montserrat. Pesa 24 toneladas. Se instaló de noche para no interrumpir el tráfico. Estuvieron trabajando hasta las cuatro de la mañana. Yo estuve allí. Tengo la escultura original, pequeñita, en mi casa, continúa, y al día siguiente me manda una foto:

También un texto en el que explica la simbología de la obra: "La estructura total está compuesta por cuatro elementos geométricos en gruesa plancha de acero corten. (...) El primero es un enorme triángulo invertido simbolizando la antigua medicina hipocrática que desde su nacimiento puntual se alza en rápida expansión hasta que desaparece resquebrajado por lo inconsistente de sus fundamentos. Un segundo elemento, también enorme, nace en el lado opuesto del basamento, desde una amplia base. Al igual que la ciencia médica decimonónica, se va debilitando, constreñido por los nuevos descubrimientos y avances del siglo XX y se desdobla en un tercer elemento flotante, con engarces complicados que sugieren la controversia de la medicina científica que al final conduce a la pieza más agresiva y valiente, una flecha de 15 m. lanzada al cielo en representación del progreso de la medicina moderna y del futuro."

La copia es la grande. Esta estaba frente al antiguo Edificio de Traumatología, presidiendo el acceso al hospital por su lado norte, el principal, pero, coincidiendo con la construcción del aparcamiento subterráneo, se estazó como a un pedazo de carne y los restos se echaron tras el último de los pabellones, el 20, donde hubieran permanecido hasta ser achatarrados, añade Montserrat, si no hubiera sido por su padre, el Dr. Francisco Cubría Mirapeix, que peleó junto con la enfermera Rosa Alonso hasta lograr que se reconstruyera, creo que fue en la época en que estaba de Subdirectora Gerente la Dra. Beatriz López, apunto. Se volvió a levantar pero en una esquina, se lamenta Montse, a la que el actual emplazamiento no le gusta nada, aunque entiende que haya condicionamientos técnicos que así obliguen. No hay forma de hacer una foto de la escultura completa sin nada que interfiera, concedo, sea una barandilla, un poste o un cartel. Pero al menos está. Eso sí, descontextualizada, para rematar.

Haciendo batida en la antigua sede de la Gerencia del SCS, pegada a la antigua Residencia Cantabria, recientemente desalojada, encontré un grabado dedicado a Kinesis que puse junto con los libros y revistas que había apartado para bajar a la biblioteca, todos de gran interés (de hecho, muchos parecen proceder de la antigua biblioteca del Monte de Piedad). Pero cuando llegó el camión y deshice las cajas, el grabado no estaba. Pregunté por él, y nada.

¿Y cómo es que la escultura original de Kinesis la tienes tú?, pregunto. Porque mi familia y la de los Calderón eran muy amigas, dice. De la época del Drink y así, lo conocerás, y sí, respondo, en el Río de la Pila.

Mi madre, continúa, fue la primera mujer directora de una galería de arte de Cantabria. La abrió junto con otros dos socios: Paco el fotógrafo (¿será Francisco Santamatilde?, me pregunto ahora) y Ramón Calderón, pero luego ellos se desligaron y ella se quedó sola. La galería Rúa estuvo abierta de 1974 a 1985, año en que cerró por ser inviable económicamente. Entonces abrió el que también fue primer salón de té de Santander. Mi madre, dice, fue educada en Inglaterra y era una fanática del té. La recuerdo siempre por casa con una tetera en la mano. No soportaba tomar té en la calle porque le ponían esas teteras de metal que gotean. Así que abrió el salón de té Rúa. Duró dos años. Fue entonces nombrada primera directora del área de artes plásticas de la Fundación Botín. Estuvo detrás de la inauguración de la sala de exposiciones de la sede de Pedrueca. La de la calle del Martillo ya no la llegó a conocer, murió el año 90.

En casa me llaman Nagulina, confiesa. Es el título de una novela de Francisco Cubría. El protagonista, remedo del autor, y sus amigos eruditos van en busca de una palabra que el primero ha escuchado en casa de un vecino del pueblo, el mismo donde Montse vive, aunque no está seguro de su significado. Al final no es una palabra, sino el nombre de la mujer del vecino. Es una novela breve preciosa. Montse se explica muy bien, no hay confusión posible.

Hemos llegado al Edificio Enlace. Le explico que muchas de las plantas que vemos proceden de la antigua Residencia Cantabria. Las trajeron los trabajadores al bajar. También hay un retal abierto entre este edificio y los pabellones que aparenta ser un jardín seco japonés, pero solo porque hay un arce de ramas modeladas por las corrientes de aire y alguna otra planta exótica. El suelo es de piedra suelta. La vista es muy árida. Es una solución aplicada en otras partes del hospital. Este tipo de superficie no ayuda al bienestar de pacientes, cuidadores y trabajadores, aunque sea más fácil de mantener que un jardín verde.

Accedemos a los jardines y aprovecho para hacerle una pregunta sobre la noción de paisaje. Para ello parto de los orígenes de nuestra Casa. La Casa de Salud Valdecilla fue inaugurada en 1929, es decir, en plena dictadura de Primo de Rivera (1923-30). En esta época se produjo una reivindicación regionalista que no era más que una explosión controlada de los nacionalismos periféricos, de donde el estilo arquitectónico de los pabellones. Tras la dictadura, con el desahogo, se funda La Revista de Santander (1930-35) de donde un año antes de desaparecer se desgaja el Centro de Estudios Montañeses y la revista Altamira. Francisco Cubría estaba ahí.

Eso es, dice. Mi abuelo vuelve de estudiar en Oviedo el año 1922, coincidiendo con el momento álgido de Agustín Riancho.

Al que se sitúa dentro de la Escuela de Pintura Montañesa, digo.

Exacto, dice. Lo mismo que a Gerardo de Alvear.

El Hospital Valdecilla también estaba ahí, entonces.

Eso es, responde.

En el retrato del marqués sorprende el paisaje del fondo. Hemos estado buscando mi pareja y yo y parece corresponderse a la Mies del Corro de Valdecilla, anuncio. En esta mies hay un afloramiento de roca madre.

En el cuadro se ve una formación rocosa parecida. También redonda. Se encuentra tomada por los árboles, robles en su mayoría. El nombre de la mies casi seguro proceda de aquí. Es más, en la roca, que presenta las típicas grietas del paisaje kárstico, se abren dos cuevas conectadas entre sí. Es probable que antiguamente se guardara en ella comida que se mantendría fresca gracias a las corrientes de aire. De estar en lo cierto, seguramente el nombre de Valdecilla provenga también de aquí: el valle de la pequeña cavidad o celda (donde conservar alimentos). 

¿Qué es para ti el paisaje, Montse?

El paisaje no existe fuera de nosotros, responde. El paisaje está en nosotros. Está en nuestra mirada, y hace una pausa. 

Presenta dos dimensiones, retoma. La materialidad objetiva y el espacio subjetivo.

¿Y cuál es su origen?

En Occidente despierta una nueva sensibilidad en el Renacimiento. Los pintores flamencos son sus adalides. Cervantes es consciente de que está despertando algo pero no lo nombra. A Petrarca le pasa otro tanto de lo mismo cuando asciende a Monte Ventoso. Es en el Romanticismo cuando brotan las palabras. Debemos a Humboldt la sintonía entre mirada científica y mirada artística, entre explicación y comprensión, y es entonces cuando nace el paisaje como tal. Es también entonces cuando se acuñan adjetivos como pintoresco, bucólico, sublime, etc.

En España nos ponemos en hora gracias a Giner de los Ríos, dice, que el año 1886 publica un artículo titulado "Paisaje", fundacional. En él expone "la idea divina", que es algo así como decir que todo está en todo, incluidos nosotros.

Abro paréntesis. Luego sabré que este artículo está en un Boletín de la Institución Libre de Enseñanza que adquirimos recientemente en la Biblioteca Marquesa de Pelayo. Cierro paréntesis.

Entiendo que esta noción empalma con la de paisaje que maneja la Generación del 98 fundamentalmente, pero también la del 14 y la del 27, es decir, la conocida como Edad de Plata, pregunto.

Montse asiente. 

Sigue el posibilismo, que es hacer no lo que se quiera, que es lo que defendían los románticos, sino lo que se pueda. Después el neopositivismo, a continuación la geografía de la percepción y el comportamiento, y por último la geografía humanista y la noción de lugar, que es el espacio cargado de vivencias.

Esa idea de lugar enmarcada en la corriente humanista es compartida por VIRIDITAS, digo, y sigo: en tu Trabajo Fin de Máster he leído que Francisco Cubría reconocía la "trabazón" del paisaje montañés. ¿Crees que esta "trabazón" es equivalente a la "idea divina" de Giner de los Ríos?

Sin duda. Pero lo más importante de mi abuelo no fue solo reconocer la entidad del paisaje montañés, sino darse cuenta de que estaba en peligro.

¿Por?

Por lo que hoy identificamos como desarrollismo. 

Por la cubicia, que diría un montañés de su tiempo, aporto.

Eso es. Mi abuelo no tenía muchas esperanzas a corto plazo. Por eso insistía mucho en lo que él llamaba "civismo regional".

Que es como la "trabazón" o la "idea divina" pero dentro de un marco ético, sugiero.

El amor, en definitiva, concluye.

Estamos sentados en un parterre. Hay trabajadores que entran y salen para comerse un bocadillo o tomar un poco el aire. Los pájaros revuelven alrededor. Le pido hacer una foto y ella elige las sabinas.

No quiero que nos quede pendiente una foto con el escudo que remataba la fachada original del hospital:

Se desmontó en los años 70 y los sillares se enterraron en Punta Parayas. Se hizo para preservarlos pero no eternamente. Allí siguen enterrados desde entonces. Periódicamente sale alguien diciendo que los ha descubierto, incluso quien repite el descubrimiento. Montse admite que levantar la fachada original donde estaba puede ser inviable pero reclama que se busque un emplazamiento alternativo: alguna de las rotondas del entorno del hospital o la finca del marqués.

Su propuesta la armó junto con su padre, el Dr. José María Cubría Mirapeix, que, además de angiólogo, fue presidente de ACANTO, federación de asociaciones de defensa del patrimonio natural y cultural de Cantabria, incluido el arquitectónico, también el científico y técnico.

Nosotros vivíamos en Ciudad Jardín. Era una casa tipo inglés con tejado de pizarra. El hospital era nuestra segunda casa. Si me apuras, casi venía para llamar a mi padre a comer. Ahora es un laberinto y me pierdo.

Las decisiones que se han ido tomando a lo largo de los años no han estado coordinadas y el resultado es que hay muchos espacios mal conectados, digo.

Debe ser. 

Vamos a la biblioteca. De camino se agacha para contemplar unos pendientes de la reina. También tengo en casa, dice. Cuando el COVID, mi padre estuvo ingresado en una UCI que estaba aquí, y señala la planta baja del pabellón de al lado. Veníamos mi hermana y yo a verle y nos poníamos las flores, como hacíamos de pequeñas.

Me acuerdo de esos días. Se instaló una UCI a cada lado de la biblioteca. Al principio la vista estaba expedita. En seguida pusieron unos vinilos hasta media altura para ocultar a los pacientes sin quitar luz. Se veían los goteros asomar por arriba.

Qué bonitas las torres, señala. Parecen diagramas de barras.

Cogemos el ascensor. A mi madre le gustaba la casa llena, dice. El mantel estaba siempre puesto. Éramos cuatro pero nunca sabíamos cuántos más seríamos para comer. Mi padre siempre llegaba con alguien. Llegamos a mi planta. Abro y le cedo el paso.